El joven rico en los Cartujanos

El presente comentario pretende profundizar en las fuentes utilizadas por Teresa para centrar las terceras moradas en el relato del joven rico. No añade nada nuevo al itinerario espiritual que estamos siguiendo, ni es precisa su lectura a quienes no estén interesados en conocer a los maestros de santa Teresa.

Hemos dicho que en la tercera morada la santa sigue los pasos del movimiento de los recogidos. Sin olvidar lo aprendido en las moradas anteriores, y siguiendo la oración de meditación, quiere que aprendamos a recoger todas las potencias, a concentrarnos, en el silencio amoroso, para encontrarnos más profundamente con la Trinidad y con nosotros mismos. En este contexto saca a relucir al “mancebo” del evangelio para ponerlo de ejemplo del paso tan importante que desea ayudarnos a dar en la vida espiritual.

A excepción del “Arte de servir a Dios” de Alonso de Madrid, el resto de los recogidos no dieron importancia al relato que nos ocupa. Ni Laredo, ni Osuna, ni ninguno de los maestros franciscanos, ni tan siquiera Gracián, fueron más allá de un ligero comentario. Sin embargo, en el texto medieval de Landulfo de Sajonia en la traducción de Ambrosio Montesino encontró lo que buscaba. El capítulo 10 se titula “La perfección de la pobreza”, en el número 5 dice: “Y ven y sígueme; deja todo, ven y sígueme imitándome, vive como yo. Pues la perfección verdadera consiste principal y completamente en el seguimiento de Cristo por las obras” (reproduzco el texto de la edición del jesuita Emilio del Rio, Madrid 2010; en negrita van las palabras clave utilizadas también por santa Teresa). El cumplimiento de los mandamientos es obligatorio para todos los cristianos, los consejos evangélicos son para quienes se deciden a seguirlos, tanto seglares como religiosos. “A la perfección primera está obligado cada cual; a la última, nadie”. Los recogidos afirman sin cesar que esos consejos están abiertos y deben seguirlos los demás cristianos si así lo desean:

De san Jerónimo destacamos la importancia de la donación de la voluntad por encima del dinero” “Es más fácil despreciar una bolsa de dinero, que la voluntad. En efecto, muchos que han dejado las riquezas, no siguen al Señor; sigue al Señor el que es imitador suyo, el que sigue sus huellas” (Tomo II, 10.5).

Landulfo lo concreta todavía más: “Puso una señal de perfección cuando aconsejó dejar todas las cosas, para seguir desnudo a Cristo desnudo. Aconsejando dejar todas las cosas, según san Teófilo, persuade la suma pobreza, pues si quedara algo se puede ser esclavo de ello”.

“Esta pobreza incluye la humildad, sin la que no hay pobreza verdadera, porque es inútil tener vacía la bolsa, y el corazón lleno de soberbia (…) pues apenas puede estar uno en posesión de riquezas sin soberbia de su estado y sin dominio de su gusto (…) No sólo la posesión de las riquezas sino multitud de cosas más impide y aleja al hombre de la contemplación De Dios y del amor perfecto”. Una frase contundente que resume todo: ” tu imagen es imagen de Dios; quita todo lo accidental y te aparecerá en ella lo que es divino”.

El capitulo 12 titulado “Los doce consejo evangélicos” y en el 13, “Difícil entrada del rico; dejarlo todo por Cristo”, prosiguen las explicaciones. “Dice san Ambrosio: Por eso nos acercamos desnudos al bautismo lustral, para apresurarnos desnudos a la puerta del cielo. ¡Qué incongruente y absurdo es que aquél, a quien su madre le dio a luz desnudo, y desnudo lo recibió la Iglesia, quiera entrar rico en el cielo. (T.II,13.1).

“Aunque Pedro no tuvo todas las cosas, sino muy pocas, sin embargo dejó todas las cosas, porque no retuvieron nada para sí, y dejó la voluntad de tener que es capaz de todos los deseos” (T.II,13.3). Terminamos con un último texto de san Bernardo recogido por Landulfo: “Ésta es la causa principal para huir las riquezas: que apenas o nunca se pueden poseer sin amarlas (…) Tú, que te dispones a dejar todas las cosas, acuérdate de contar entre ellas a ti también; más aún , principalmente y sobre todo, niégate a ti mismo, si piensas seguir Aquél que por ti se vació a sí mismo. Deja la carga pesadísima…”.

Si con estos elementos volvemos a leer los capítulos dedicados por Teresa a las terceras moradas se enriquece notablemente nuestra comprensión. La resumiremos en la próxima entrega.

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