Vivir desde el amor y en el amor

vuelo del aguila

De vez en cuando nuestra maestra Teresa recurre a una estratagema literaria para despertar el interés del lector, adelanta los acontecimientos para incentivar el deseo de vivir lo que propondrá después. “Engolosinar”, dirá ella. Lo intentamos. ¿Qué aguarda a quienes perseveran en la oración de meditación? ¿Cómo miraba Cristo la vida? ¿Podemos nosotros acercarnos algo a ese ideal?

Sabemos poco del funcionamiento del cerebro, y menos todavía cuando se une con el corazón en experiencias de amor. Teresa nos da algunas pistas desde su experiencia.

La mirada a los ojos más profunda, con los ojos del cuerpo y del alma, la tendremos en el otro mundo. Allí se nos ha prometido ver a Dios cara a cara. En esta orilla de la vida, la más cercana es la mirada de hito en hito, la que tienen los amantes cuando se miran en silencio fijamente a los ojos:

«Como acá si dos personas se quieren mucho y tienen buen entendimiento, aun sin señas parece que se entienden con sólo mirarse. Esto debe ser aquí, que sin ver nosotros cómo, de en hito en hito se miran estos dos amantes, como lo dice el Esposo a la Esposa en los Cantares» (V 27.10).

La conjunción de amor intenso y conocimiento mutuo reestructura la mirada de la vida. Sucede lo mismo con Cristo en las sextas moradas.

En este proceso amoroso de unión, Cristo, el Sol de Justicia, le va abriendo los ojos, y aunque se vea llena de imperfecciones, su mirada se va volviendo limpia, como en las bienaventuranzas, como a los ciegos del camino. Todo se le da gratis por obra y gracia del Águila caudalosa del que somos hijos:

“Antes de estar el alma en este éxtasis, parécele que trae cuidado de no ofender a Dios y que conforme a sus fuerzas hace lo que puede; mas llegada aquí, que le da este Sol de justicia que la hace abrir los ojos, ve tanta motas, que los querría tornar a cerrar; porque aún no es tan hija de esta Águila caudalosa, que pueda mirar este sol de en hito en hito; mas, por poco que los tenga abiertos, vese toda turbia. Acuérdase del verso que dice; ¿Quién será justo delante de Ti? ( Vida 20.28).

De repente el relato se ve iluminado con el símbolo del Águila y el Sol de Justicia, nuestro Señor Jesucristo. Al abrirse la mirada interior se ve llena de imperfecciones como cuando entra un rayo de sol por la ventana. La limpieza de las motas y la conciencia de tenerlas son grandes dones para quienes se dejan enseñar a volar. Que nadie de los que van avanzando en el camino deje de seguir volando hasta aprender a ver cómo las águilas:

”Para esto querría yo se nos acordase de los muchos años a los que los tenemos de profesión y las personas que los tienen de oración, y no para fatigar a los que en poco tiempo van más adelante, con hacerlos tornar atrás para que anden a nuestro paso; y a los que vuelan como águilas con las mercedes que les hace Dios, quererlos hacer andar como pollo trabado; sino que pongamos los ojos en Su Majestad y, si los viéremos con humildad, darles la rienda; que el Señor que los hace tantas mercedes no los dejará despeñar. Fíanse ellos mismos de Dios“ (Vida 39.12).

Vivir desde el Amor y en el amor es el objeto de las sextas moradas. Los arrobamientos, como dije, son momentos de unión amorosa muy intensas; en ellos el Águila nos termina de enseñar a amar y a volar:

”En estos arrobamientos parece no anima el alma en el cuerpo, y así se siente muy sentido faltar de él el calor natural; vase enfriando, aunque con grandísima suavidad y deleite. Aquí no hay ningún remedio de resistir, que en la unión, como estamos en nuestra tierra, remedio hay: aunque con pena y fuerza, resistir se puede casi siempre. Acá, las más veces, ningún remedio hay, sino que muchas, sin prevenir el pensamiento ni ayuda ninguna, viene un ímpetu tan acelerado y fuerte, que veis y sentís levantarse esta nube o esta Águila caudalosa y cogeros con sus alas” (Vida 20.3).

La ceguera voluntaria en la que vivimos le resulta insoportable y se subleva ante ella con un grito hecho oracion:

“¡Oh, válgame Dios, Señor! ¡Oh, qué dureza! ¡Oh, qué desatino y ceguedad! Que si se pierde una cosa, una aguja o un gavilán, que no aprovecha de más de dar un gustillo a la vista de verle volar por el aire, nos da pena, ¡y que no la tengamos de perder esta Águila caudalosa de la majestad de Dios y un reino que no ha de tener fin el gozarle! ¿Qué es esto? ¿Qué es esto? Yo no lo entiendo. Remediad, Dios mío, tan gran desatino y ceguedad” (Exclamaciones del alma a Dios 14.4).

El primer diccionario editado en lengua vulgar lo publicó Covarrubias (1611). Sus indicaciones nos ayudan a comprender mejor el símbolo del águila. Única ave capaz al mismo tiempo de mirar fijo al sol sin quemarse los ojos (de hito en hito) y de ver la tierra buscando la caza. Nada se escapa a Cristo de la realidad divina y humana, al ser el Águila por excelencia, dirá Covarrubias.

Desde ahí, y solo desde ahí, podemos comprender esa capacidad de Jesús y los profetas para descubrir la interioridad del otro con una simple mirada. O para ver la realidad sin máscaras y denunciar las injusticias. Mientras, resuenan en nuestros oídos las palabras de Isaías y Jesús como una severa advertencia, “tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”.

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