Cómo practicar la oración de recogimiento

Veníamos diciendo que la oración de recogimiento es muy similar a la oración de meditación de las segundas moradas, con la diferencia de buscar desde ahora esa zona misteriosa e ilocalizable (en un lugar determinado del cuerpo) de nuestro yo llamada “centro”.

El orante no puede seguir viviendo en la superficie de la vida, ni centrado en su propio yo, tantas veces egoísta. Ha de bajar a las profundidades, a ese núcleo o centro que todo ser humano posee al estar habitado por el mismo Dios. Es como si dentro de cada uno de nosotros hubiera dos cajitas, una reservada a nuestro yo y otra donde vive la Trinidad. La de Dios está siempre abierta, porque estamos habitados por un Dios que nos llama sin cesar a vivir en comunicación con Él. En esa cajita siempre abierta a la espera de una decisión firme, de seguir a Jesucristo (garantía suprema de un aprendizaje en el arte de vivir), está uno de los secretos del itinerario espiritual.

Un Dios que nos habita misteriosamente y que jamás se va, siempre permanece, esperando, incluso cuando nuestra vida ha sido un desastre y hemos hecho abundante mal al prójimo. Por el contrario, la nuestra, vecina íntima de la cajita de Dios, sabemos que suele estar cerrada rodeada de alambradas y máscaras, muchas veces consecuencia de nuestros propios fracasos. La espiritualidad de Teresa de Jesús nos obliga a bajar a esas profundidades del ser con alegría, a veces no exenta de miedo.

Con el relato del joven rico nos disponemos a bajar sin miedo a contemplar las dos realidades más importantes de nuestro ser: el estar habitados por Dios y nuestro yo.

De la mano de Jesús viajaremos meditando su Palabra, la que nos va enseñando a vivir, y abriremos la cajita de nuestro yo, sabiendo que tenemos la compañía permanente de un Dios que nos ama. Una decisión para valientes y gentes que no quieren desperdiciar su vida viviendo la vida de los demás, o que han decidido llegar al tesoro del que nos habla el evangelio. A diferencia del joven rico del relato evangélico, hemos decidido seguir lo más fielmente que podamos a Jesucristo y no nos da miedo nada, ni siquiera descubrir lo que no nos gusta de nuestro yo.

La tarea no se cumple en un día ni en dos, hace falta tiempo. La tendencia habitual al abrir la cajita del yo será la de descubrir las cosas malas que tenemos, no las buenas. Es verdad que hay de todo y mezclado, pero lo malo parece imponerse a lo bueno. Creo que nadie puede enfrentarse a su zona oscura sin antes haber aprendido bien lo que dijimos en la primera morada: que hemos sido creados y criados a imagen y semejanza de Jesucristo en Dios. Que somos una escultura de Cristo muerto y resucitado, llenos de dignidad y hermosura.

El primer paso consiste en abrir esa cajita y contemplar en silencio la cantidad de virtudes y cosas buenas que contiene. Después descubrir las limitaciones, fracasos, pecados y defectos que tenemos. Puede llegar a ser abrumador poner al descubierto la zona oscura. No olvidemos que, desde el principio del itinerario hemos señalado el conocimiento de nosotros mismos como una de las primeras virtudes a aprender. Esos pequeños ejercicios nos han ido preparando a la gran tarea de enfrentarnos a lo bueno y lo malo de nosotros mismos. En algunas personas comprendí que el peso de la culpa resulta insoportable. La culpa mata. El quedarnos encerrados en nuestras miserias nos esclaviza. Si la culpabilidad nos aplasta, es el momento de recurrir al sacramento de la reconciliación, como sacramento del amor de un Dios que, abraza, perdona y olvida. (Este viaje a lo profundo equivale un examen de conciencia profundo, total).

Haya o no sacramento de la reconciliación, la tarea continúa. ¿Qué hacer con la miseria que nos pertenece? ¿Ese cúmulo de defectos sin corregir, por no querer o no poder solucionarlos? La gran tentación para Teresa de Jesús en las terceras moradas es encerrarnos en ellos, considerarnos indignos de Dios, pudiendo llegar a abandonar la vida espiritual y la oración de meditación y recogimiento. Sería un error garrafal.

Teresa nos propone entregarlos a los pies de la cruz de Cristo, para que Él nos ayude a adquirir las virtudes que nos faltan, o en el peor de los casos para que Él los sane cuando le parezca conveniente. El acto de entrega de la parte de nuestro yo que encierra la miseria es muy liberador para la persona. En si mismo es un acto de liberación gratuita por parte de Dios, pues Él lo asume en la Cruz, nos impide recluirnos y, al mismo tiempo, es una de las cosas más difíciles de dar.

Si vencemos las resistencias y damos a Jesucristo esa parte del yo tan molesta, estamos aprendiendo la virtud de la humildad, sobre la cual se va a basar el resto del itinerario. La virtud de la humildad es hija del conocimiento de sí y equivale a funcionar por la vida sin máscaras.

El texto de las tres primeras moradas la mencionan con frecuencia. En mi opinión, en las terceras culmina su aprendizaje y comienza una vida en la verdad de cada uno, sin falsedades, sin ocultarnos nada. Eso no quiere decir que no tengamos que seguir haciendo crecer las virtudes en la medida de lo posible, ayudados por el Espíritu Santo; y reconocer sencillamente que siempre habrá algo misterioso en cada uno que nunca llegaremos a entender, o nunca podremos mejorar, salvo cuando Dios nos dé ese don.

Dios es la Verdad, nos dirá santa Teresa de Jesús, por eso es humilde.

Muy bueno será también compartir esa zona oscura con alguien de nuestra plena confianza, no guardarlo. Nada ni nadie nos puede separar del amor de Dios, dirá san Pablo, nuestras miserias tampoco. Los maestros de espiritual leídos por santa Teresa eran tan partidarios del reconocimiento de nuestra miseria que exageraban hablando de la aniquilación del yo, o el holocausto del yo. Teresa no era partidaria de esos extremos, aunque a veces el vocabulario le traiciona. Una visión tan negativa del ser humano no puede ser cristiana después de la llegada del Hijo de Dios a nuestro mundo.

4 comentarios sobre “Cómo practicar la oración de recogimiento

  1. El conocimiento propio, a través de la oración, es la forma de reconocer nuestras debilidades, para que con la ayuda del Señor, crezcamos espiritualmente para vivir a plenitud el Evangelio.

Los comentarios nos encantan :-)

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