Cristo de los lindos ojos

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Seguimos hablando de cómo conocer a Jesucristo a través de la oración de meditación. Las diferentes formas de meditación presentada tienen en común el punto de partida: la realidad.

Puede ser la naturaleza, un libro de espiritualidad, la Biblia, o una imagen. Podemos añadir otras, siempre que sean desde la vida misma: personas concretas, lo que sucede a nuestro alrededor, la historia pasada o presente, la situación política, las migraciones, etc.
Nos hemos detenido en las imágenes fijas, estampas, dada la importancia que tienen para el mirar y dejarnos mirar por quién sabemos nos ama.

El proceso elegido por Teresa es el siguiente:
– Elección de una imagen
– Partir de ella para meditar
– Interiorizarla hasta que quede grabada en la mente
– Hacer que sea el punto de partida para el diálogo con Jesús. 
– Recurrir a la imagen grabada para mantener higiene mental cuando algún pensamiento nos perturbe.
– En las etapas místicas la imagen cobra vida y el diálogo se ve favorecido.
– Manda pintar la imagen vista con los ojos del alma para que vuelva a ser el punto de partida de una nueva meditación.

Es el caso de la imagen que presentamos hoy. Se la conoce en la actualidad como el “Cristo de los lindos ojos“. En versión original era en blanco y negro, posteriormente fue coloreada. Existe la documentación suficiente y pertenece a su iconostacio de manera indubitada. Pintada al fresco en una de las ermitas de san José de Ávila, donde con frecuencia se retiraba a orar sola. Es uno de los pasos preferido por ella, pues según la tradición recibida, Jesús estaba solo en ese momento y quiere hacerle compañía. La imagen la ve viva con los ojos del alma, aunque guarda parecido con la imagen original sobre la que medita.

Contrata a un pintor de Ávila y le va indicando la imagen vista en su interior y cómo debe pintarla. Gracias al testimonio de varios testigos en los procesos de beatificación podemos saber lo sucedido. El pintor se llamaba Jerónimo de Ávila, el testigo elegido de entre varios Luis Pacheco:

”En una ermita de las que están dentro del monasterio de san José de esta ciudad la dicha beata Madre hizo pintar una imagen de Cristo nuestro Señor a la columna, y que la había pintado Jerónimo Dávila, vecino de esta ciudad, y que había héchole poner en ella un rasgón en su santísima carne en el brazo izquierdo junto al codo, cosa que no había visto este testigo en otra alguna imagen, quiso saber del dicho Jerónimo Dávila la causa por qué en algunas imágenes hechas de mano estaba la dicha particularidad. El cual le dijo que había pintado a instancia de la dicha beata Madre la dicha imagen en la dicha ermita al fresco, y que le iba diciendo como la iba pintando cómo había de poner así las facciones del rostro, postura de cabello y miembros del cuerpo; y que le dijo pusiese la dicha señal y rasgón en aquel trascodo que hacía de aquel santísimo cuerpo. Y que habiéndole puesto, la dicha beata Madre se había arrobado, y el dicho Jerónimo Dávila se había encogido; y otra madre del mismo convento que estaba allí, había tomado a la dicha beata Madre por los hábitos y estremeciéndola, y díchole algunas palabras a modo de reprensión” (BMC, Procesos, II,210).

Imaginad la escena, Teresa arrobada, es decir, viviendo un momento intenso de amor recibido de Cristo, propio de las sextas moradas. Le sigue un fenómeno mistico paranormal, una levitación, Teresa en el aire, una monja tirando de hábito para que vuelva al suelo y el pintor “encogido”. Lo del rasgón en el codo lo certifica el primer biógrafo y amigo jesuita Francisco de Ribera:

“Estando en la portería de la Encarnación en conversación con uno de los que habemos dicho, la mostró nuestro Señor un brazo muy llagado y arrancado de él un pedazo de carne, de cuando estaba atado a la columna, como quejándose de cuando estaba atado por ella, y cuán mal se lo pagaba en lo que hacía“.

La descubrimos tiempo después en una visita a la ermita: 
“Fuime, estando así, a una ermita bien apartada, que las hay en este monasterio, y estando en una, adonde está Cristo a la Columna, suplicándole me hiciese esta merced, oí que me hablaba una voz muy suave, como metida en un silbo. Yo me espelucé toda, que me hizo temor, y quisiera entender lo que me decía, mas no pude, que pasó muy en breve” (Vida 39.3).

Según los testigos esta imagen se pintó después de mucha oración, alcanzó fama muy pronto y realizó abundantes milagros.